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Despedidas liberadoras
Fecha de publicación
01 de Diciembre 2016
Técnicas relacionadas: Gestalt.

Descripción:

“El mar me llama y tengo que embarcar... Quedarme sería congelarme, cristalizarme y quedar vinculado al moho... Mar vasto, eres paz y libertad para el río y el arroyo... Sola y sin nido volará el águila hacia el sol. Soy un buscador de silencios”. (Khalil Gibran)



Toda despedida es liberadora, si se acepta que nada es eterno. Pero no es igual despedirse voluntariamente cuando algo llega a su término, que afrontar pérdidas, abandonos, traiciones o engaños. Cuando se muere un familiar, una pareja se va, un socio es desleal o se descubre que alguien en quien se puso toda la confianza fingió ser quien no era, se necesita hacer un duelo.


Al terminarse el año, alguien a quien le fue mal, lo deja partir con alegría, esperando que el próximo año le vaya mejor. El joven celebrará la Nochevieja con mayor jolgorio que el anciano, ya que este teme que pueda ser su último fin de año en familia. También hay que despedirse de las estaciones, aunque nos guste más el otoño que el invierno, o la primavera que el verano.


Quien no se despide de los buenos recuerdos caerá en la nostalgia. Quien se apega al pasado, desperdicia su presente y condena su futuro.


“Despedirse” proviene de la palabra latina “petere”, (“dirigirse hacia algo”), y “expetere” (“arrojar con impulso hacia afuera”, “dejar partir”). Así, toda despedida supone dejar partir algo interno, representado por la persona o situación de la que uno se despide. Y a veces es como arrancarse la piel, sobre todo cuando se acaba un periodo o una fase importante de la propia vida y se dejan atrás elementos positivos que valieron. Se atraviesa un río agradeciendo la barca que nos cruzó, pero uno no se la lleva a cuestas.


En cada despedida, siempre hay pérdidas y ganancias. Pero estas acaban ganando la partida y suponen una verdadera liberación. Así lo he vivido cuando perdí la fe y la rígida moral católica en mi juventud. Cuando abandoné mi etapa política en el exilio parisino y di la vuelta al mundo para recobrarme de la depresión que me produjo la decepción de que nuestra acción no cambiaba el mundo sin un cambio interior. Igualmente hube de abandonar la comunidad de desarrollo espiritual en la que el líder dejaba embarazadas a algunas discípulas con el pretexto de practicar la filosofía tántrica.


Cada despedida lleva a nuevos aprendizajes, si se sabe cicatrizar las heridas. Y cada vez es más fácil volver al propio centro cuando uno se ha descentrado momentáneamente. A veces, nos dejamos fascinar por el dedo que señala una hermosa luna llena, en lugar de meditar sobre su cara luminosa y su cara oculta.


Un mago no engaña. Todo el mundo sabe que tiene trucos que no desvela. Pero quien va de maestro espiritual sin serlo, puede caer en su propio engaño y creerse su propia ficción. Cuando se aprovecha de la fascinación que produce lo que sí sabe y enseña, mezclado con lo que se inventa y con lo que aconseja sin saber, produce estragos. Y lo más grave es mezclar los niveles de aspiración espiritual con la satisfacción de su deseo sexual, teñidos de promesas de iluminación o de prosperidad material.


Durante año y medio he recomendado un método psíquico-corporal que me ha servido. Agradezco las ventanas que me ha abierto, pero pido públicamente disculpas por aquello que no supe o no quise ver de Miguel Mochales y de su Dojo Zen Power. Aquí y ahora me despido definitivamente. Hago mías las palabras de Leonard Cohen: “Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices”.




Alfonso Colodrón
Terapeuta transpersonal y Gestalt

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