Meditar con los ojos abiertos por Meditar con los ojos abiertos -



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Meditar con los ojos abiertos
Fecha de publicación
01 de Julio 2015
Técnicas relacionadas: Gestalt.

Descripción:

Aquí y ahora inter-somos


“Estamos juntos. Tenemos la oportunidad de vernos. Pero si no estamos totalmente presentes, todo será como un sueño”.
Tich Nhat Hanh

La primera vez que oí hablar de meditación fue ascendiendo el Anapurna en los Himalayas de Nepal. Curiosamente no provenía de ningún monje budista ni del sherpa que me acompañaba. Un mochilero español que encontré casualmente en uno de los albergues del Valle del Lantang acababa de aterrizar, recién llegado de San Sebastián. Y “aterrizaba” también de un largo retiro de meditación Vipassana.

En aquella época, noviembre de 1980, yo era más bien agnóstico y todo esto me sonaba a entretenimientos pequeñoburgueses de gente que se miraba el ombligo. Sin embargo, me atrajo la calma, ecuanimidad y sentido de la discriminación que emanaba aquel joven viajero. Una semana después, otra joven andarina estadounidense, de ojos brillantes y silencios profundos, volvió a pronunciar aquella palabra rara “Vipassana”; hacía una semana que había hecho un retiro de meditación. Volvió a explicarme lo inexplicable: diez días de “meditar” desde las 4h de la madrugada a las 9h de la noche observando su respiración y sus sensaciones corporales. Yo seguía alucinando en colores, pero me quedé con la copla y, como todo trotamundos que se precie, apunté la dirección del lugar: Igat Puri, en el Estado de Maharashtra, Inida; el Maestro de los lugares, Goenka.

Personalmente iba a finalizar un viaje alrededor del mundo de cinco años con los tres meses de estancia que me concedía el visado en la India. El recorrido del tren que me conduciría a Bombay, para visitar a una tía misionera y médico, a quien no conocía, duraba tres días con sus correspondientes noches. Transcurridas 48 horas, medio dormido y con los huesos molidos, en unas de las innumerables paradas, el vagón volvió a ser invadido por los vendedores ambulantes de “chá”, el té indio con leche, azúcar y especias. De repente, mientras me bebo uno con los ojos somnolientos, veo por la ventanilla un gran cartel con el nombre de la estación: Igat Puri. Mi corazón da un vuelco. ¿Es una señal o una conspiración? Entre los miles de estaciones ferroviarias de la India, con sus más de 64.000 kilómetros de vías tenía que pasar justo por allí, detenerse, y yo despertarme. A punto estuve de saltar del tren, mientras el corazón me latía a cien... para seguir una corazonada. Pero eran vísperas de Navidad, y las monjas me esperaban con el alojamiento preparado.

Al cabo de una semana, ya en el colegio de las hermanas y picado por la curiosidad, pregunto a mi tía si ha oído hablar de ese método de meditación y del tal Goenka. Con toda la naturalidad del mundo me responde: “Claro que sí, la mayoría de las compañeras de mi comunidad han practicado vipassana y también varios sacerdotes jesuitas que son nuestros capellanes y nos dan los “Ejercicios espirituales” una vez al año". Y yo, con los ojos como platos y si dar crédito a mis oídos. “Lo que está de Dios, está de Dios”, se decía en mi infancia. Así que, acostumbrado a experimentarlo todo, me lanzo a la piscina y le pido que pregunte si hay alguna posibilidad de apuntarme. Coincidencia o sincronía, a tres semanas de mi fecha de regreso a España, había justamente un retiro que empezaba en dos días y quedaban tres plazas. El inscribirme a ciegas, cambió mi vida.

Durante los cuatro primeros días, en medio de 300 personas, la mayoría nativas, sentadas en el suelo, toda mi atención estaba concentrada en el dolor de espalda, caderas, rodillas, cuello, hombros... Continuamente me quejaba al Maestro Goenka de que, como occidental, yo-yo-yo sufría más que ellos. Había niños, adolescentes, adultos, abuelos, familias enteras... Todo un espectáculo... si no fuera por los dolores, las tensiones, los bloqueos, las comidas de coco de “para qué me habré metido aquí”, “para qué servirá todo esto”. Milagro de los milagros: al quinto día, ciertos estados de calma, de paz, de lucidez... Otra dimensión del tiempo. Una gran compasión por el sufrimiento ajeno. Flashes de lucidez sobre mi vida, sobre la vida, sobre el universo en general. ¿Sería eso un acercamiento a eso que llamaban iluminación? Y de repente, más dudas, más dolor, más sufrimiento. Al octavo día... “anicca, anicca”, impermanencia de todo fenómeno, de las sensaciones, de los pensamientos; “uppekka”, ecuanimidad y serenidad. En los dos últimos días, cambio radical: mientras que al principio contaba los minutos para que sonase el gong del final de cada sesión, ya solo quería estar en la sala, permanecer en el ashram, inundado de “metta” o amor universal y compasivo, por los que me rodeaban, por los pájaros, los árboles, el mundo, por mí mismo...

Durante los años siguientes, fui vegetariano, me levanté cada día a las 4h para seguir la rutina de la práctica, más dos horas de yoga con sus asanas, pranayamas y kriyas; hice retiros de diez días cada año con los ojos cerrados, como me habían enseñado. Luego quise incorporar el Zen, en sus modalidades de Soto Zen –respiración en el abdomen, ojos entreabiertos, espalda recta- y Rinzai –resolución de koans o preguntas que nos hacía el Maestro japonés, que no tienen respuesta lógica, hasta que la cabeza estalla y sale la solución existencial, desde otro lado-. Sin embargo, algo en mi interior sabía que me estaba apartando de la gente, considerándome superior, intentando no sufrir emocionalmente y, sobre todo, aparcando temas esenciales como la sexualidad, la pareja, los hijos, la acción solidaria en el mundo, la política...

Así que vuelta a empezar: descenso de las altas cumbres, vuelta al mercado, abrir los ojos, formarme en terapia Gestalt, ponerme en terapia para resolver asuntos pendientes, abordar la depresión del ángel caído de su pedestal, comprometerme con una pareja, un alquiler, una hipoteca, dos hijas... y encontrar otras vías y otros guías como Tich Nhat Hanh que, con su solo ejemplo de caminar lentamente mirando los árboles, aspirando el perfume de las flores, rodeado de niños y familias, me devolvió la memoria de lo vivido durante años en la soledad de la meditación, en el campo, en una tienda de campaña bajo un olivo. No todo eran ilusiones ni espejismos. Solo faltaba encarnar en lo cotidiano, lo sencillo, cada gesto, cada pisada, cada mirada y cada sonrisa lo que siempre había estado y siempre estará. Basta con volver al Aquí y Ahora de cada inspiración y de cada espiración, en relación con nuestro entorno, las personas, la naturaleza viva, los objetos aparentemente inanimados. Y en ese Aquí del cuerpo y en ese Ahora de la respiración, mirándonos a la cara y agarrándonos de las manos, cobramos consciencia de que no somos, sino de que inter-somos. No somos islas y no tenemos identidad separada. Tuve también la oportunidad de traducirle varios libros, entre los que puedo recomendar para principiantes “El florecer del loto, ejercicios de meditación para la transformación interior” (Editorial Edaf).

Pero todo esto que escribo ya no es meditar, sino reflexionar. Cuando muchas personas inician el camino de la meditación dicen estar meditando. En realidad están siguiendo una vía, una técnica, para llegar a un estado de meditación, un estado de vacío que está lleno de contenido. Como afirma uno de los protagonistas del imprescindible libro, recién publicado de Fina Sanz “Hombres con corazón. Hablando en la segunda mitad de la vida” (Editorial Kairós), hablando de cómo vive la espiritualidad: “¿Cómo enfoco qué es la búsqueda de la verdad? Cada vez me doy más cuenta de que eso sale del vacío... sin estar en ningún análisis mental... Conseguir estar en el aquí y ahora no es para mí un tema banal, sino curativo”.

No es casual que “medicina” y “meditar” tengan la misma raíz: “med”, tomar las medidas adecuadas, “mederi”, cuidar, “meditari”, considerar. Hoy día se habla mucho de mindfulness. Pero en realidad es algo que tiene milenios de existencia, pues la “atención plena” es la base de cualquier técnica meditativa. Y esa atención plena puesta solo en los momentos de tranquilidad, sentados en un rincón con los ojos cerrados, sirve de muy poco si no la enraizamos en la vida de cada día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Dejemos de perder la vida que se escapa a borbotones, por vivir con los ojos cerrados un ensueño colectivo que nos encapsula y aísla. Si introdujéramos esta atención plena paulatinamente en los colegios entre los profesores y los alumnos, si lo introdujéramos en la política, en las empresas, en las relaciones familiares y de vecindad, el mundo cambiaría radicalmente más que con leyes, discursos, programas, proyectos y buenas intenciones. Sí, una utopía que no se puede pedir a nadie, si no empieza cada uno desde donde está. En este instante: abrir los ojos, dejar la compulsión a hacer, a temer y planificar. Escuchar el silencio para que surja orgánicamente y al unísono el siguiente paso a dar, sorbiendo cada segundo la vida que nos llena y nos rodea.

Alfonso Colodrón
Terapeuta Gestáltico.
Consultor Transpersonal

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