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Razón y Corazón
Fecha de publicación
01 de Febrero 2016
Técnicas relacionadas: Gestalt.

Descripción:

Los anzuelos son nuestros pensamientos.

“Es como pescar en la oscuridad: los anzuelos son nuestros pensamientos, la cruda carnada nuestros corazones. Arrojamos el hilo por sobre nuestras cabezas, más allá de toda fe, más allá de toda creencia, hacia el cielo sin estrellas de la medianoche, hasta que se hace visible...
(Charles Simic , “La vida mística”, en traducción del poeta René Higuera)

Decía el noble político francés François de la Rochefoucauld que “el corazón siempre engaña al intelecto”, pero podría ser al revés. Muchas veces tenemos miedo de seguir nuestras “corazonadas” engañados por nuestros razonamientos. O peor aún, nuestros pensamientos líquidos. Lo que suelo oír alrededor son generalizaciones, frases hechas, laberintos de ideas más o menos estructuradas, explicaciones de todo tipo que intentan justificar actitudes y comportamientos. Es decir, la vida de cada cual. Parodiando a Marx, podría decirse que, al igual que toda ideología es una superestructura que intenta argumentar la infraestructura económica, la mayoría de las “narrativas” que hacemos de nosotros mismos solo contribuyen a consolidar una identificación, un carácter, una personalidad –la “máscara” que llevamos puesta y creemos que conforma nuestro “yo”-.

Hay quienes se quejan de no poder dejar de pensar, de obsesionarse con el futuro o el pasado. Se sientan con el propósito de meditar en silencio y el ruido mental se vuelve aterrador. A veces hay menos silencio en los minutos de silencio que se hace para rendir homenaje a alguna víctima que en medio del tráfico a la hora de salir del trabajo. También se puede oír en ocasiones el sonoro rumor mental de un grupo de meditadores o de una masa de lectores en una gran biblioteca.

Cualquier instructor o maestro de meditación insistirá siempre en dejar pasar los pensamientos como nubes, pero estos son como cometas que se enganchan y las siguen. Y el pequeño yo pensante sigue desconectado del cuerpo, de la respiración, de las sensaciones y sentimientos, dominado por pensamientos que no cesan. Sin embargo, un fuego se apaga si no se alimenta y un discurrir se agota si no le prestamos atención.

El Siglo de las Luces creyó inaugurar una nueva y definitiva Era, alumbrada por “la Razón” que disiparía tinieblas, supersticiones e ignorancia y conduciría a la Humanidad a una felicidad al alcance de la mano. Pero como toda síntesis vuelve a convertirse en tesis al surgirle una antítesis que la pone en cuestión, poco tardó en aflorar el Romanticismo en el mismo corazón de la Europa que había alumbrado la Ilustración. Lógica reacción contra el espíritu racionalista y crítico exacerbado, que había permitido el despotismo ilustrado y la vuelta a los cánones clásicos en pos de un perfeccionismo igualador y universal. Y se volvió a primar la conciencia del “yo” como entidad autónoma, original y creativa, en el repetido movimiento pendular de la Historia.

Volviendo al hilo de pensamientos y sentimientos, Oscar Wilde, a caballo entre el romanticismo y el realismo, escribió que “el intelecto busca, pero es el corazón el que encuentra”. No es por azar que los grafittis que escribíamos en los muros de la Sorbona en el París de Mayo del 68 volvieran a poner todo en cuestión: “Sed realistas, pedid lo imposible”, “No es una revolución, majestad, es una mutación”, “Cambiar la vida, transformar la sociedad”, “La imaginación toma el poder”, “Debajo de los adoquines están las playas”.

Como un gran sunami, este ardor creativo y cuestionador llegó a las Universidades de medio mundo: todavía quedaba en Quito años después un grafitti contundente que condensa parte de lo que pasó: “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Pura filosofía popular concentrada. Generosidad de los genios anónimos. Y un servidor, producto parcial de un Mayo 68 que sembró semillas que siguen floreciendo, encontró en Madrid dibujado en una pared, cuarenta años después, el eslogan que dio lugar a mi quinto libro: “Quiéreme libre, déjame ser”. Así que modestamente me uní a otra pintada leída en la Plaza del Odeón, que alguien atribuyó a Miguel de Unamuno: “Yo me propongo agitar e inquietar a las mentes. No vendo el pan, sino la levadura”.

Existe una profunda filosofía en cada frase, pues más allá de que esta consista en preguntarse por las últimas causas, podría reducirse al puro sentido común, ampliado, razonado y bien articulado. El sentido común sería filosofía divulgativa al estilo del ex boxeador y gran monologuista, Hovik: “A veces hablo pero no me escucho; a veces me escucho pero no puedo hablar; a veces me callo y mi conciencia escupe venenos... y todo porque a veces quiero ser yo: soy cada uno de los lugares en que he estado, soy los caminos que me quedan por recorrer... Soy la necesidad de que algún día el amor mueva el mundo”.

Tal vez este iconoclasta humorista haya leído lo que Antonio Machado pone en boca de su genial “poeta, filósofo, retórico e inventor de una máquina de cantar” Juan de Mairena: “Vivimos en un mundo esencialmente apócrifo, en un cosmos o poema de nuestro pensar, ordenado o construido todo él sobre supuestos indemostrables, postulados de nuestra razón, que llaman principios de la lógica, los cuales, reducidos al principio de identidad que los resume y reasume a todos, constituyen un solo y magnífico supuesto: el que afirma que todas las cosas, por el mero hecho de ser pensadas, permanecen inmutables, ancladas, por decirlo así, en el río de Heráclito”.

Pero como concluye y condensa el maestro Zen Miguel Mochales, en última instancia “la verdad es el espacio que produce la consciencia y el conocimiento es la negación de la verdad, que es lo único que dota al mundo de contenido más allá de la información de ese sentimiento de uno mismo... El cerebro es nuestra libertad y nuestra cárcel, por lo que si el siglo XX fue fundamentalmente el del desarrollo de la mente, el siglo XXI será el siglo de las enfermedades mentales o el siglo de la iluminación”.

Alfonso Colodrón
Psicólogo Transpersonal y Gestalt

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